Matar lo que “se ama”


Hay quien asegura que una de las diferencias del hombre con las demás especies, es que somos la única especie que maltrata a su hembra.

La primera vez que escuché con oídos y comprensión sobre el feminicidio, fue hace diez años. Hasta ese entonces para mí era un término de prensa y totalmente feminista para mencionar un homicidio y causar revuelo.

En esa época trabajaba en para un medio de comunicación y un caso me llamó tanto la atención que hice las veces de reportera y realicé algunas entrevistas para tratar de entenderlo más allá de la nota roja.

La víctima llevaba por nombre Rosella Angélica María Lozornio; por sí misma tenía una historia familiar trágica cuya narración sería material de otro escrito.

Falleció en el mes de abril de 2005 en León, Guanajuato, luego de que su esposo Felipe la lesionara en 58 ocasiones con un picahielo y un cuchillo.

Fue una de esas 58 heridas la que literal, le partió el corazón y provocó su muerte.

Rossella era entonces madre de dos niñas, de nueve y once años de edad. Tenía 27 años y vendía Nextel para mantener a sus hijas. Su marido, era bastante comodino en el aspecto económico, pero bastante activo a la hora de maltratarla.

La mejor amiga de Rossella era Anita. A ella le confió que estaba harta y buscaba separarse.

Aquella tarde de abril Rosella y Felipe comenzaron a discutir; para que las niñas no escucharan, ella las llevó a otra habitación. Las paredes no sirvieron: las niñas vieron como su padre comenzó a golpear y acuchillar a su mamá.

Desesperadas, llamaron a Anita, quien por infortunios de la vida, no contestó el celular. En su buzón de voz quedaron registrados los gritos de la mujer mientras era asesinada.

Tras el homicidio, Felipe limpió todo, tomó a sus hijas y se fue a refugiar a casa de su mamá. Fueron los mensajes de voz en el celular de Anita, piezas claves para acudir con fundamentos ante la autoridad.

Rosella fue encontrada sin vida en un pasillo, mientras Felipe argumentó que las 58 heridas que le hizo a su esposa fueron en defensa propia.

Un caso más reciente fue el de la nieta de Cantinflas, Marisa Ivanova, quien sufrió una golpiza por parte de su marido, ambos muy jóvenes. Entre otros daños, sufrió de más de 200 fracturas, tan solo en la zona del rostro. Sus amigos la encontraron boca arriba en un charco de sangre en el cuarto de servicio de su casa, donde el agresor la ocultó tras creerla muerta.

Aunado con lo que a diario vemos en la prensa y con los antecedentes que hay en todos los casos que derivan en el asesinato de una mujer, podemos entender lo grave que es el feminicidio: es un asesinato lento y a la vista de todos, familiares, vecinos y autoridades incluidos.

Ocurre ahí, donde las personas deberían de sentirse más seguras: el hogar. Y frecuentemente ante los ojos de quienes tenemos la obligación de preservar su inocencia: los hijos.

Peor aún, ocurre a pesar de que la víctima ya advirtió y pidió ayuda de una forma u otra.

Los feminicidios son los asesinatos más crueles que cualquiera de los que pudiéramos pensar que se presentan alrededor del narcotráfico.

En ambos casos se hace presente lo peor de la condición humana; la diferencia es que en el feminicidio se mata a quien en teoría se ama y se hace de las formas más crueles: molidas a golpes, a cuchilladas o utilizando inverosímiles objetos punzo cortantes.

Son métodos que harían palidecer a muchos homicidios relativos a la delincuencia organizada.

Basta con buscar en google el término “mujer asesinada” para encontrar títulos como “mata esposa a cuchilladas”, “la mata esposo a puñaladas”, “mujer asesinada a machetazos por su esposo”…

He ahí lo grave del feminicidio… pasa ante la vista de todos y de nadie… es responsabilidad de todos y de nadie…

Para destruir el equilibrio, hay que destruirlas a ellas y a sus familias. Cuando se ataca a una mujer, se desestabiliza a todo su entorno. – Caddy Adzuba

Origen: Matar lo que “se ama”

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