Cuando a las mujeres nos carga el payaso


IMG_7412.jpgTras largos debates interiores, desde hace mucho tiempo dejé de ver películas sangrientas, con perros en peligro y de terror. La vida me enseñó que en un mundo real lleno de matices, no hay por qué desgastar las emociones propias por situaciones salidas de un guion…

Pero bueno, el pasado fin de semana fui arrastrada a una sala de cine a ver “Eso”… si, la película del payaso tenebroso (que no es Brozo).

Algo de sangre… algo de brincos… algo de gritos… Nada extraordinario… a excepción de su mensaje en estos tiempos… si ¡la peli tiene mensaje!

Lamento si adelanto la trama de la película, pero sin contarla es complicado dar el contexto de lo que quiero decir a través de este texto… Además tal vez ya la vieron y si no la han visto, seguro no la van a ver…

El chiste (que no tiene nada de gracioso) es que un payaso se roba (y creo que se come) a los niños en un pequeño pueblo. El protagonista en cuestión, un pre puberto, pierde en estas circunstancias a su simpático hermanito.

Tras pasar el duelo, sufrir uno que otro susto y darle vueltas a la idea en su cabeza, entiende que la única opción que tiene es combatir al desagradable payaso “Eso” (nombre que le dan al monstruo que tiene la capacidad de cambiar de forma).

En la cabeza del chavillo protagonista se desarrollan dos lógicas: si él no hace nada, faltará poco para que otro niño desaparezca, así como que solo en la unión se puede vencer al ser siniestro que ataca a seres vulnerables.

Y justo eso fue lo que se me quedó en la mente y el corazón… ideas que se entretejieron con mi tristeza y confusión ante la agresión y asesinato de la joven de Puebla.

El Asesino, al igual que el payaso, es un ser tenebroso que actúa y tiene éxito porque nadie (pero nadie) hace algo… más que mirar y lamentarse… y olvidarse… hasta que ocurra de nuevo… y de nuevo… y de nuevo…

El mensaje de Stephen King, autor de “Eso”, deja una gran reflexión para la realidad mexicana post Mara (post María, post Ana, Post Elia, post Josefina, post Alejandra y la que se vive cada vez que una mujer es asesinada)… Solo la fuerza de la unidad nos permiten vencer a los monstruos, llámense como se llamen.

En el diario, en todos los contextos, en todos los escenarios y de todas las formas, ocurren acciones de denostación y agresión (a veces mortal) principalmente contra niñas y mujeres… pero también contra niños y hombres… sin que nadie haga nada…

Y esto permite a nuestro “Eso” nacional mantenerse vivo… y que literal, nos cargue el payaso…

PD. Me disculpo si alguien le parece burda la comparación de una película de terror con el asesinato de una persona. Un ejemplo que se hace extensivo para evidenciar lo que algunas voces han querido sugerir cuando argumentan que las mujeres nos ponemos en situaciones de riesgo, como la principal causa de las agresiones… ello equivale a decir que los niños raptados por “Eso” tienen la culpa de lo que les pasa por el mero hecho de ser niños…

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No soy monedita de oro… ¿y sabes? ¡Tú tampoco!


Una de las ventajas de crecer es que defines tus prioridades… y cuando las encuentras, lo demás está de más…
¿No te caigo bien? Ni moooooodo…

Crónicas desde la Ciudad del Absurdo

Sophía BesoAl igual que la mayoría que tuvimos como mentores a buenos cristianos, yo crecí con la creencia de que si me abofeteaban la mejilla derecha, debía de poner la izquierda.

Este mandato bíblico, traducido en tiempos menos violentos (pero más hostiles y competitivos) significó que era válido que aunque “no me juntaran” en la escuela, yo debía aguantar y hacer el intento por “caer bien”. Más tarde implicó que en el afán de contribuir a un buen ambiente laboral debía ser bienvibrosa y aguantar las malas caras y chismes de mis compañerit@s a quienes, para ver si en una de esas les caía bien, debía invitar a mis fiestas de cumpleaños o reuniones.

En resumen, la mística era ser paciente, tolerante y persistente. Dejar de lado el orgullo para ganarme la simpatía que aquel que por sus propios traumas y experiencias de vida, no me toleraba aún cuando de…

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La foto de mi pasaporte


Un pasaporte debería ser signo de orgullo. La cara que en él presentamos es la cara que damos de nuestro país.

La foto de mi pasaporteTodos los pasaportes tramitados, aunque evidentemente implican un viaje (o cuando menos un plan de ello), tienen un significado distinto.

Incluso el periodo elegido para su vigencia tiene un significado ligado con la expectativa de viajar: uno, cinco, diez años…

Y eso bien lo saben quienes lo tramitaron por primera vez, a fin de visitar algún familiar ex patriado enfermo o en una condición difícil.

Esa situación no tiene nada que ver con un viaje como premio académico o quien juntó unos dineritos para dar una paseada fuera de nuestras fronteras.

Para algunos, la ilusión es llenar su pasaporte lo más posibles de sellos. Para otros será un documento que se quedará el resto de su vida útil con un par de sellos, estancado en un cajón… al igual que las esperanzas de viajar.

La vida de muchas personas podría estar contada en parte por sus pasaportes: cuántas veces se ha tramitado, a partir de qué edad, en qué países fue sellado, rechazado e incluso mal mirado.

La sensación de presentarlo ante algún agente migratorio a nuestra llegada a otro país es única, pues lo deseemos o no, el águila que lleva al frente genera una reacción propia… porque así es México… uno de esos países al que no se puede ser indiferente.

Usarlo para el ingreso a México también tiene lo suyo. Es una rara mezcla de nostalgia por el término de un viaje, lo que sea que éste haya significado. Y es que hasta las vacaciones cansan y siempre es necesario que el corazón regrese a la nación que llamamos casa.

Las salas para tramitar el pasaporte prohíben el uso del celular. Por ello, este texto se basa en un manuscrito elaborado en la oficina de expedición de pasaportes de la delegación Álvaro Obregón de la Ciudad del Absurdo… misma Ciudad en la que hace unos meses una mujer bien vestida en un restaurante fresa sustrajo a mis espaldas y sin alertar a mis acompañantes, mi cartera… con todo y mi pasaporte…

En una época en la que estamos acostumbrados a una simbiosis digital, la espera “a solas” se convierte casí en un hecho poético: gente esperando sin mirar una pantalla… haciendo solo eso: esperar.

Por cierto, escribir a mano es un arte; no solo por el movimiento de la muñeca en sí, sino por lo que implica hilar deas de forma congruente, sin una tecla que te permita borrar o un cursor que te lleve de un lado a otro para agregar u ordenar el texto… por ello, me disculpo por los errores que este manuscrito trasladado a las teclas pudiera tener…

Pilón

¿Qué cómo salió la foto de mi pasaporte? ¡Pésima! Avergonzante. Ojos rojos de desmañanada y sin la menor alerta del momento en el que el obturador digital captaría la imagen que mi documento llevará los próximos diez años… y no, no es la foto que ilustra este artículo… je

 

Quien se pica, ajos come.


En esta etapa de mi vida comprendí que para tener una mejor salud física (y una mejor figura), debía picar tan seguido como me fuera posible.

Por eso, a diario procuro picar… picar pepino, picar piña, picar chayotes, picar calabaza y todo aquello fresco y nutritivo que esté a mi alcance.

Y a partir de esta rutina de picar, resultó una seria reflexión de vida.

Sin falsas modestias, ayer hice una sopa de lima limón que me quedó buenísima. Los ingredientes fueron laurel, un diente de ajo, media cebolla, un Sophia Huettjitomate, caldo de pollo, tortilla de nopal en tiras y limón eureka a falta de limas.

¿Lo bueno? Comí muy rico. ¿Lo malo? Olía a ajo por todos lados: en la casa, en el carro, en la oficina, en el elevador… bueno, hasta antes de dormirme…

Y entonces entendí: el aroma no estaba en el ambiente… ¡Estaba en mis dedos!

Con la simpleza y peculiar lucidez que te dan los sueños, pude darle significado a muchas cosas que veo a mi alrededor. Si crees que vives en un mundo conflictivo, en el que tienes problemas con tu vecino, con los compañeros de trabajo e incluso con tu propia familia, es momento de tomarse un minuto para hacer un análisis.

Podría ser que en una de esas, el conflicto seas tú misma o tú mismo y que todo eso se proyecte en la forma en la que construyes tus relaciones con las demás personas.

Es como el olor a ajo. No estaba en cualquier lado, estaba en mis dedos, y no importaría cuánto aromatizante echara o cuánto ventilara… no desaparecería hasta que tallara mis deditos con un limón.

Y así es la vida. Si queremos (aunque pareciera mentira no todos quieren) vivir en un entorno sano y libre de conflicto, debemos iniciar con querernos y reconciliarnos con nosotras mismas.

De nada servirá quejarnos y hacernos las mártires, ni cuántas personas pasen por nuestra vida… siempre será lo mismo. Estaremos repitiendo patrones de comportamiento dañinos y destructivos que además de afectar nuestra salud, alejarán a las buenas personas de nuestras vidas…

Y en cuanto a mí… la próxima vez que crea que el mundo apesta, iniciaré por olerme las manos… porque no vaya siendo que tras ladrarme los perros y por querer agarrar una piedra, me hubiera embarrado los dedos… 

Help! Estoy angustiada


No sé si se siente en el estómago, en el corazón o en la tripa que está a la mitad de mi cuerpo.

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El caso es que ahí está. A veces me da por todo y a veces no me da, a pesar de todo.

¿Qué me angustia? El día, el futuro, los pequeños detalles, los grandes proyectos, las decisiones.

A diferencia de la preocupación (que esa me da ocupación), la angustia surge sobre temas en los que tengo el control bastante limitado y que van desde lo más simple hasta lo más serio… el tráfico, el dólar… por irme al cielo cuando muera… porque si lo que me acabo de tragar me engordará…  (estoy convencida de que la angustia engorda más)… por todos los animales del mundo que son abandonados… por ver a alguien empacarse kilos de colesterol sin ninguna preocupación… por las madres adolescentes…

Y entonces tomo un minuto… ¿cuál es la función de la angustia? No es un mecanismo de defensa ni de acción o motivación, porque te angustias de aquello sobre lo que no puedes hacer mucho. No es como el miedo, que te hace reaccionar ante situaciones de peligro (claro, si no te atrofias), tampoco es como el enojo o la ira.

En realidad, la angustia sólo hace que te duela la panza.

Es esa sensación que vives cuando ves una película y te preocupas por lo que vive la o el protagonisto.. que si le van a romper el corazón… que si ya le robaron el dinero que tenía para la operación de su papá… que si se le fue el camión con el amor de su vida… que si morirá en la batalla… que si se lo comerá el monstruo… y ninguno de esos es claramente problema nuestro.

En el fútbol ya medio entendí qué hacer con la angustia… cambiarle en el momento de mayor estrés para ya solo enterarme de cuál fue el resultado… si traigo un cúmulo de emociones colaterales, angustiarme por si la pelota entrará o no es de a gratis… y estaré incluso pensando si con mi angustia no estoy “salando” a mi equipo favorito (aunque por el contrario, en la última final que jugó el León, no estuve presente; entonces igual y soy su amuleto de la suerte aunque ellos no lo sepan)

Y bueno… escribo todo esto como un escape a mi angustia… mi angustia… aunque la verdad es que ya no me acuerdo muy bien por qué estaba angustiada…

El Caminante


Con ojos de franco desvelo, una amiga me contó su peripecia nocturna… Y no, no tenía que ver con temas amorosos… o cuando menos no con esa clase de amor en la que están pensando…

La noche anterior llegó a su departamento en la Colonia del Valle, ubicada en el corazón de la Ciudad de México. Muy a su estilo, se quedó echando chisme con una vecina en la puerta de su edificio cuando un señor que caminaba con prisa y hablaba con un acento que no era de la zona, le preguntó para dónde quedaba Tacubaya (a más de 5 kilómetros del punto).

A mi amiga le extrañó la pregunta de este hombre cuya edad era difícil de adivinar, e investigó. La respuesta la dejó aún más desconcertada: el hombre quería llegar allá porque según le habían dicho, desde ahí era más fácil seguir a pie el camino que marca la carretera hacia su pueblo… ubicado en Oaxaca…

Sin entender bien las instrucciones, sin pedir dinero o un vaso de agua que aliviara su evidente deshidratación, El Caminante dio las gracias y comenzó a caminar en sentido inverso. Mi amiga supo que no lo podía dejar ir así y entonces se enteró de toda la historia.

Llegó dos días antes a la Terminal de Autobuses Tapo con tan solo una mochila con una chamarra, el dinero justo para el regreso y un papel en el que tenía escrita la dirección de la casa donde su hermana hacía la limpieza desde hacía varios años, ubicada en el Pedregal. Por la falta de teléfono en su comunidad, ella no sabía que su padre agonizaba y que pidió verla.

Tardó más en bajarse del autobús que en ser asaltado. Lo dejaron prácticamente sin nada…

Desanimado, pero con una misión muy clara, decidió ir al Pedregal a buscar a su hermana. Al preguntar cómo llegar (a pie), tuvo la suerte de toparse con alguien que al verlo tan desorientado, prefirió pagarle el taxi para que lo llevaran.

Al llegar al Pedregal, el hombre se quedó asombrado: eran demasiadas casas y muy pocas personas que le dieran informes. Tocó muchas puertas, pero la mayoría no abrieron y en otras más fue rechazado. Una chica que trabajaba haciendo la limpieza, le explicó lo difícil de su misión si no contaba con algún dato que le permitiera ubicar a su hermana.

Cansado y sin dejar de pensar en su padre, decidió empezar el camino de vuelta a casa… a pie.

Fue entonces cuando se topó a mi amiga, quien con un comprensible temor de que le estuvieran viendo la cara, decidió hacer lo más que pudo por él.

Agua, comida y unos tenis nuevos que a nadie le habían quedado en la navidad pasada, hicieron la diferencia. El hombre estaba más que agradecido, pero la ayuda no paró ahí.

Mi amiga sabía que si le daba dinero, era muy probable que la inocencia de El Caminante fuera aprovechada nuevamente por algún otro ladrón. Así que decidió invertirle algo más: su tiempo.

Le armó una bolsa con alimentos, lo subió a su camioneta, lo llevó a la central de autobuses, le compró su boleto de regreso, le dio dinero para el camión que debía tomar llegando a Oaxaca, le dio su bendición y casi lo subió hasta su asiento.

Durante su camino de regreso, El Caminante estaba convencido de haberse topado con un ángel.

¿Sabrán aquellos muchachos que lo despojaron de su mochila lo que significó su fechoría de la tarde? ¿En qué se habrán gastado los 700 pesos robados? ¿Para qué les sirvió el papelito con la dirección de la casa del Pedregal?

Casos como este, en diferentes dimensiones y espacios se repiten a diario en México. Ancianos defraudados que pierden los ahorros de toda su vida, profesores que son secuestrados, familias luchonas que son extorsionadas por haraganes, políticos que despilfarran en banalidades los recursos públicos destinados a programas sociales, partidos políticos que postulan a delincuentes con tal de ganar la elección… la lista es interminable.

Esto es lo que nos pasa.

Aunque las y los buenos somos más, la indiferencia , la insensibilidad

y el egoísmo van ganando terreno día a día…

 

 

Origen: El Caminante

Matar lo que “se ama”


Hay quien asegura que una de las diferencias del hombre con las demás especies, es que somos la única especie que maltrata a su hembra.

La primera vez que escuché con oídos y comprensión sobre el feminicidio, fue hace diez años. Hasta ese entonces para mí era un término de prensa y totalmente feminista para mencionar un homicidio y causar revuelo.

En esa época trabajaba en para un medio de comunicación y un caso me llamó tanto la atención que hice las veces de reportera y realicé algunas entrevistas para tratar de entenderlo más allá de la nota roja.

La víctima llevaba por nombre Rosella Angélica María Lozornio; por sí misma tenía una historia familiar trágica cuya narración sería material de otro escrito.

Falleció en el mes de abril de 2005 en León, Guanajuato, luego de que su esposo Felipe la lesionara en 58 ocasiones con un picahielo y un cuchillo.

Fue una de esas 58 heridas la que literal, le partió el corazón y provocó su muerte.

Rossella era entonces madre de dos niñas, de nueve y once años de edad. Tenía 27 años y vendía Nextel para mantener a sus hijas. Su marido, era bastante comodino en el aspecto económico, pero bastante activo a la hora de maltratarla.

La mejor amiga de Rossella era Anita. A ella le confió que estaba harta y buscaba separarse.

Aquella tarde de abril Rosella y Felipe comenzaron a discutir; para que las niñas no escucharan, ella las llevó a otra habitación. Las paredes no sirvieron: las niñas vieron como su padre comenzó a golpear y acuchillar a su mamá.

Desesperadas, llamaron a Anita, quien por infortunios de la vida, no contestó el celular. En su buzón de voz quedaron registrados los gritos de la mujer mientras era asesinada.

Tras el homicidio, Felipe limpió todo, tomó a sus hijas y se fue a refugiar a casa de su mamá. Fueron los mensajes de voz en el celular de Anita, piezas claves para acudir con fundamentos ante la autoridad.

Rosella fue encontrada sin vida en un pasillo, mientras Felipe argumentó que las 58 heridas que le hizo a su esposa fueron en defensa propia.

Un caso más reciente fue el de la nieta de Cantinflas, Marisa Ivanova, quien sufrió una golpiza por parte de su marido, ambos muy jóvenes. Entre otros daños, sufrió de más de 200 fracturas, tan solo en la zona del rostro. Sus amigos la encontraron boca arriba en un charco de sangre en el cuarto de servicio de su casa, donde el agresor la ocultó tras creerla muerta.

Aunado con lo que a diario vemos en la prensa y con los antecedentes que hay en todos los casos que derivan en el asesinato de una mujer, podemos entender lo grave que es el feminicidio: es un asesinato lento y a la vista de todos, familiares, vecinos y autoridades incluidos.

Ocurre ahí, donde las personas deberían de sentirse más seguras: el hogar. Y frecuentemente ante los ojos de quienes tenemos la obligación de preservar su inocencia: los hijos.

Peor aún, ocurre a pesar de que la víctima ya advirtió y pidió ayuda de una forma u otra.

Los feminicidios son los asesinatos más crueles que cualquiera de los que pudiéramos pensar que se presentan alrededor del narcotráfico.

En ambos casos se hace presente lo peor de la condición humana; la diferencia es que en el feminicidio se mata a quien en teoría se ama y se hace de las formas más crueles: molidas a golpes, a cuchilladas o utilizando inverosímiles objetos punzo cortantes.

Son métodos que harían palidecer a muchos homicidios relativos a la delincuencia organizada.

Basta con buscar en google el término “mujer asesinada” para encontrar títulos como “mata esposa a cuchilladas”, “la mata esposo a puñaladas”, “mujer asesinada a machetazos por su esposo”…

He ahí lo grave del feminicidio… pasa ante la vista de todos y de nadie… es responsabilidad de todos y de nadie…

Para destruir el equilibrio, hay que destruirlas a ellas y a sus familias. Cuando se ataca a una mujer, se desestabiliza a todo su entorno. – Caddy Adzuba

Origen: Matar lo que “se ama”